sábado, 19 de mayo de 2012

Lenguaje

Mis piernas llegan a su destino, quedan inmóviles en la tranquilidad del hogar. Sin incertidumbre, sin ambición de conquista, estáticas. En la quietud nace el momento de más arte, se dilucida la niebla de los ojos, y el frío de la noche hiela mis huesos pero enciende mi alma. Todo lo recorrido bajo el sol se condensa, los movimientos se confunden en palabras falsas, pero bellas. Surgen de un brillo como de luz, imperceptible ante cualquier mirada, que corrompe con el lenguaje indigno, e inventa la engañosa verdad. Flaquea mi mente, desolada, en un vano intento de conciliar las palabras con las cosas. Vaga errante por un mar de definiciones inexistentes en el mundo. Mira las olas de espuma y aguas heterogéneas, con ojos que realmente desean ser alas para remontar el cielo inalcanzable. Bajo la decepción de la imposible tarea, se oculta mi cabeza en el umbral que la separa a sí misma y a los verbos. Desespera y se calma en los labios cómplices, que pronuncian algo que jamás quiso decir, que nadie jamás sabrá.

 

jueves, 3 de mayo de 2012

[Incompleto]

En el espejo hay agujeros negros
Son ojos jóvenes que nunca han visto
Fuera del dulce beso del engaño
Desde donde caigo y vuelvo a empezar

Por qué, vida, me das ansiedad en el pecho
Y jadeos tartamudos en el aire
Por qué no me dejás volverme loco
Ya ando harto de esta quietud

No se pueden vomitar las tristezas
Tampoco ayudan gritos o patadas
Tarde o temprano debo admitir
Que tu nombre es un monstruo glorioso 



martes, 24 de abril de 2012

La Jaula

En la jaula no se puede caminar demasiado. Dos, tres pasos y ya hay que dar la vuelta porque se encuentran las paredes. Tampoco hay mucho espacio para respirar, ni se puede ver el sol. Una luz brillante lo reemplaza, enmascara la latente oscuridad que domina la jaula realmente. La desesperación recorre sus rincones, aspecto negativo del deseo de salir.
Aparentemente se puede vivir, aunque en un estado de agitación y melancolía permanentes. El movimiento se muestra estático, después de todo, cualquier cambio que se intente permanecerá dentro de la jaula. Los conceptos se mezclan, y cada pensamiento que se logre hilvanar es a la vez su negación. Sin embargo, incluso esta afirmación se contradice y a momentos las cosas significan, no se pierden en el humo blanco-negro que es el aire de la jaula. La misma tiene la forma de un cubo, similar a la idea que la mayoría de los lectores se debe forjar de la opresión.
Los seres que allí habitan son mágicos. Carecen de ojos, oídos, extremidades. De lo único que son capaces es de crear. Gracias a esta facultad pueden experimentar sus propias creaciones, como árboles, sonidos, personas, miel, sentimientos, incluso la jaula misma. Así es, cada uno de estos seres, que podrían ser considerados dioses, han decidido, por un consenso tácito, crear y mantener la jaula. El hecho de que siga existiendo implica que a ninguno se le ha ocurrido derrumbarla, aunque esto no es del todo cierto. Ha sido intentado como mero capricho, pero no con el legítimo uso de los poderes mágicos. Por lo tanto, nunca ha llegado a ser reconocida la idea de la destrucción de la jaula, apenas se admiten sus engaños.
La magia de estos entes lo abarca absolutamente todo dentro de la jaula, pero son desconocidos los medios para salir. Para este punto, los seres deben utilizar su cuerpo físico en ciegos intentos por resquebrajar la pared o hacer un agujero en el piso. Pero estos conceptos (agujero, pared, cuerpo físico) son invenciones mentales. No se puede destruir una idea usándola contra sí misma, se terminaría anulando.
La imposibilidad de eliminar la jaula en su totalidad, es decir, crear la nada, frustra a algunos de los dioses. Su magia es la raíz de todo, menos de la espada que pueda destruirla. La única vía es la autodestrucción, garante del fin del mundo. No hay muchos que se atrevan. Algunos continúan buscando una alternativa, la mayoría son cobardes. También están los que desconocen este problema, y los que no lo padecen, sino que dentro de la jaula mental se hacen un espacio suficiente para caminar, respirar y ser felices.            

jueves, 12 de abril de 2012

Rojo

La noche está rara hoy. El aire, como viciado, me llena los pulmones y ocupa mi mente. Tal vez no sea sólo ahora, sino que siempre haya sido así y apenas me voy dando cuenta en estos momentos. Sí, es lo más probable. Definitivamente, esta brisa huele a antigüedad.
Hay un calor en el ambiente, casi se siente en la piel. Es un rojo invisible que atraviesa al mundo y nos rodea, fruto de los hombres. Poco a poco lo voy descifrando, es un silencio, un hambre, un deseo. Todas las sombras ocultas se revelan ante la mente perceptiva.
Ahí está, a mi derecha un odio, enfrente el asesinato que jamás se llevará a cabo, a dos cuadras, por la avenida, intuyo los gritos callados de un hombre bueno. Lo veo tan claro, es la noche y nosotros la creamos. Durante el sol se ve, se camina seguro por la tierra, hasta se sonríe. Pero eso es porque nos observan, y necesitamos escapar. Con esa finalidad inventamos la noche, el reino de los pensamientos indeseables, de las negaciones, los miedos, y los imposibles.
El llanto del carnicero, la certeza de que la vida de mi vecina es aburrida y siempre lo será, las ganas de mi padre de asesinar a todo el mundo para tener un poco de paz, son ideas "malas", y puedo agregarles una característica; son rojas. El mundo, el maldito mundo está ciego, y la gente vive enferma de bondad. Yo he visto la noche y les voy a mostrar lo que es el dolor. Traeré el sol junto con las otras estrellas, estamparé sus cabezas contra la pared, y denunciaré todas sus virtudes. A quienes me ofrezcan compasión les escupiré en la cara. Les llamaré débiles moradores del día.
¡Cobardes! Los odio, pero no tanto como para querer privarlos de la bellísima guerra. Sé que no me entenderán, me pensarán como el calumniador, el asesino, sub-hombre. Pero cuando crezcan, seres humanos, lo entenderán. ¡Que viva la noche roja!

viernes, 9 de marzo de 2012

Vení para acá

Vení para acá
Te tomás el tren, o de alguna otra forma llegás en un día o dos.
Hay todo lo que ves allá, distinto, pero está. Y es hermoso.
Venite che, que está genial.
Las nubes se ven mejor. ¿Alguna vez tus ojos sólo captaron cielo? ¿De izquierda a derecha, sin edificios? ¿No? Eso pensé.
Te rodean las montañas, es imponente. Las piedras de colores, pasto, arbustos. Nieve. ¡Hay nieve en los picos de las montañas!
Cada tanto se te tapan los oídos. Te mareás, pero te acostumbrás fácil.
El cielo es otro, las estrellas son miles y hermosas. Te lo juro, por doquier y como nunca las había visto.
¿Por qué no te venís? Hay luces y edificios como allá, pero con menos veneno.
Hasta la gente te saluda, te sonríe. Si sonreís allá te miran raro.
Están los paisajes, están los hippies que venden artesanías. Está todo lo que imaginás, y todo lo que no. En serio que es real, tanto como tus dedos cuando te peinan, o como las palomas.
Ah, ¿Y sabías que casi no hay palomas? Ni gatos, muy pocos gatos. Perros hay montones, lástima que la gente de acá los maltrate tanto. Pobres.
Vení, no seas tonto. Desconocés muchas cosas, como yo, pero yo estoy acá.
Vení amigo, vení y aprendé. Después te vas, está todo bien.

Life

Mira las nubes del sol
Desde el tren que atraviesa la tierra
Mira otros cielos brillar
Vislúmbralo, nena

Con esos pies de polvo
El cuerpo entero es irrelevante
Ahora busca hacia arriba
Donde gritan los rayos gigantes

Inventa el color del camino
Que sea tibio y sin pena
Y que todo rime con algo
Deséalo, nena

Ven al atardecer en el tiempo
Refugiémonos de la tormenta
Abrázame hasta que se haga la noche
Con la blanca luna tan quieta

Aprende y enseña mi amor
Voy en este tren de la vida
Así cuando la oscuridad caiga
Nos despidamos con una sonrisa

El Señor Que Había Soportado Todas Las Penas

Nos tuvimos que refugiar en la carpa por la lluvia. El frío, mi garganta y todo eso. Cuando bajó la tormenta el estómago nos ganó y fuimos a comprar algo de comer. Unos sanguches de milanesa que nos sacaron el hambre de una forma muy satisfactoria. Ya de nuevo dentro de la carpa y con los corazones contentos nos pusimos a hablar y a reír. A medida que pasaba la comida y el tiempo se iban nuestras ganas de mantener los ojos abiertos.
Los chicos se acostaron a escuchar música, yo no tenía y estaba muy oscuro para leer, así que me ubiqué cómodamente en mi bolsa de dormir y empecé a mirar alrededor, a pensar. Me imaginé de vuelta en mi casa, con mi familia, mis amigos, con los problemas de siempre. Uh, éstos ya se quedaron dormidos, o la música es muy relajante. Qué bueno que acá adentro no haga frío ni calor, porque esta tarde el sol no nos dejaba en paz, y se sabe que a la noche el viento azota fuerte.
En lo que voy observando alrededor de la carpa y diciendo para mis adentros lo linda y espaciosa que es, diviso una silueta cerca de la ventana izquierda, o sea cerca de donde estaba yo. ¿Qué había en ese rostro que me interesaba tanto? Tal vez su melancolía, su adulta resignación después de una vida dura, o los ojos cerrados, como aplastados. Ese diminuto sombrero y la línea que descansaba todo a lo largo de sus cachetes representando su boca terminaban de atribuir una apariencia humana al pliegue de la carpa. Y un poco de luz para hacerlo resaltar de los otros potenciales hombres, que por ahora eran simples trozos de tela de la carpa.
Me lo quedo examinando un buen rato, algo así no podía permanecer tan quieto, tan desconocido. Aunque en parte era su pequeñez lo que lo iluminaba al Señor-Que-Había-Soportado-Todas-Las-Penas.
Sí, tenía nombre. Siempre lo había tenido. El sombrerito le da el título de "señor", creo. También me parece que es asiático, pero lo siento en Inglaterra, y es como si occidente entero lo hubiera atravesado para romperle los hombros. Pobre señor. Tan trabajador, tan real. Sólo una superficie doblada azarosamente dirían algunos, pero no, estaba ahí. Podría haber tomado cualquier otra forma y era así, verdadero. No era casualidad que aquella carpa tomara aquella forma en aquel momento, y que yo estuviera ahí para verlo. De alguna manera yo estaba destinado a observar al Señor, a reflexionar sobre su condición y la de todos los seres humanos, que él canalizaba en su mirada silenciosa.
Un ronquido, dos. ¿Será que mis amigos están profundamente dormidos, o a punto de despertarse? No importa. Dormidos o no, ellos jamás lograrían comprender esta existencia, tanto dolor junto es difícil de soportar, incluso si sólo se lo ve leído en las facciones de una cara. Y no es por despreciar a los chicos, simplemente sé que no lo apreciarían. Yo apenas puedo entenderlo, apenas si me levanto o cambio de posición la figura es una anciana o un sapo muy gordo. ¡Y pensar que si alguein apagara la luz, si pasara un viento fuerte, entonces el Señor desaparecería! No, no, inconcebible. Como mucho que una brisa le vuele el pequeño sombrero al moverlo, pero no más. Ya suficiente ha sufrido este hombre para que encima lo quieran borrar de la existencia.
Habría que encontrar una forma de preservarlo; una foto, un dibujo, el control total del ambiente para que no se modifique ni el más mínimo detalle, ni la luz, ni el clima, todo intacto. Pero no, todas esas ideas eran infructuosas. El Señor estaría condenado al olvido. La tela de la carpa podría ser otro rostro, alguna forma interesante, pero nunca así.
Lo miro, lo memorizo (finalmente decidí agregarle el cuello que no estaba seguro de agregar). Hablo con él en mi mente, vivo sus imágenes quietas, llora mi corazón (de alegría por haberlo visto, de tristeza por haberlo visto) y poco a poco se van cerrando mis ojos.
Al salir el sol ya hubo una serie indeterminada de cambios, pero el viento sorprendentemente no el movió ni una pestaña al Señor-Que-Había-Soportado-Todas-Las-Penas. La luz lo había deformado ligeramente, pero su melancólica esencia permanecía. Mis amigos se despertaron y luego de desperezarse, sus caras anunciaban con un gesto (nunca serían tan precisos e impecables como el Señor) que en un instante habría de llegar lo inevitable y común; la ida hacia el siguiente pueblo, la carpa guardada, la imagen del Señor destruida para siempre. Ellos estaban listos para quitar la funda, pero algo faltaba: yo. En vez de estar afuera en una punta para tirar de un lado, estaba adentro, en el rincón izquierdo junto a la ventana, con las rodillas flexionadas y en una posición defensiva pero a la vez hostil.
Mis compañeros de viaje se lo tomaron como un juego, se rieron y me dijeron que andábamos apurados, que había que tomar el próximo micro que salía. Mi expresión se mantuvo intacta y ellos lo notaron. Se miraron como confundidos y ahí se selló el inicio del conflicto. Vinieron ambos hacia mí y los rechacé con un empujón y un grito de batalla firme. La situación se repitió algunas veces más y entonces decidieron venir primero uno y después otro. Los seguía empujando, en dos tandas ahora. Se veía una situación absurda, pero luego de haber vislumbrado el rostro todo cobraba sentido y una importancia enorme. El Señor melancólico me daba fuerzas, lo hacía posible, por él lucharía con todo mi espíritu.
No eran rivales para mí, fue cuando empezaron a llegar algunas personas de las carpas próximas cuando se complicó un poco. De cualquier manera, seguía defendiendo la posición. Eran cuatro, eran cinco, pero yo dominaba. Gruñía como un animal para demostrar mi embriaguez. Seis, siete. El Señor-Que-Había-Soportado-Todas-Las-Penas merecía vivir. ¿Por qué querían destruirlo? Su imagen me animaba a seguir.
El octavo oponente sacó la soga donde se colgaba la ropa y decidió usarla como arma. Ahí cambiaron las cosas; con habilidad el hombre me enlazó los pies. Unos festejaban mientras otros descargaban golpes en mi cuerpo. Intenté zafarme pero rápidamente los puños y patadas me dejaron fuera de combate. No alcancé a ver qué hacían con el señor.
La habitación tiene las paredes de un blanco fuerte, la cama muy comfortable, y me dan tres comidas al día, son muy amables. Cada vez que pido diarios o algún tipo de papel los recibo al instante. Aunque me tome el resto de mi vida voy a seguir intentando y doblando para lograr ver ese rostro, ese rostro que he perseguido todos mis días. Una vez visto la existencia carece de sentido sin él. He de encontrarlo, he de encontrar al Señor-Que-Había-Soportado-Todas-Las-Penas.