En la mirada algo dispersa descansa una calma soberbia,
un brillo un poco apagado
Y de repente mi alrededor se llenó de una apacible indiferencia
todo se coloreó como en un sueño,
con contornos reducidos, inciertos
y es sólo ahí donde se puede disfrutar de algún tipo de aire
En lo onírico-mágico....
con un toque falso que da nostalgia
Entonces la vida es una fotografía
se renueva sin pensar
todo pasa sin pensar
sólo hay que saber respirar
y no es fácil recordarlo
porque de un momento a otro nos vemos estrellados contra un muro
derrotados por un pesado espacio silencioso que aplasta los hombros
Pero no hoy
Hoy es un sueño
y no me da tanta pena reírme o quedarme callado
no me da vergüenza que me mires
seguro alguna vez pensaste que yo era alguien
no es así, y creeme, no tengo por qué mentir
ni siquiera tengo que hablar, me basta con estar aquí
Entre esta cabeza y el miedo
aquí donde una lágrima es un destello de sol
y una palabra no significa nada
Mientras siga parado en esta montaña cálida
creyendo en esta piedra, lo que los otros no ven
hasta que llegue de vuelta a mi vigilia
(Y una vez allí, espero recordar ese soplo que dice que a veces, sólo a veces....todo está bien)
jueves, 3 de enero de 2013
miércoles, 31 de octubre de 2012
Adolescencia
...
Nunca supe empezar nada
Ni dar sentido a las cosas
Me dicen que busque mi centro
Y sólo veo estatuas de ídolos enfurecidos
Mi mano tibia los sobrevuela
Los ignora para amar a su diosa
Que llora flores de primavera
Tirado con ella en el lecho
Quemo poesía con ojos despiertos
Y busco un azul cristalino
Continúo este juego místico que se me impuso
El sí mismo más puro en el cielo y la tierra
Vida capaz de burlar toda trampa
Luz fulgurante que atraviesa cualquier espacio
Y me deja estaqueado
Con la piel en llamas blancas
Que fluyen por mi cuerpo como aguas
Dando una lágrima inventada por nadie
Desenlazada entre esta historia de cuerdas
Imposible hallar siquiera un argumento
Ahora es este mundo donde respiro
Hogar de cuervos y árboles
Deleitados por la quietud de estrellas
Que también son distancia oscura
Que también son esta carne
Y yo mismo soy como un río
En el que corre la imaginación
Que sin darme cuenta atravesó el miedo
Dejando al aire llenarse de dios
Y revivo libre para cantar
sábado, 20 de octubre de 2012
Jadeo, cierro los ojos, respiro
Me subyuga lo imperceptible como látigo azotador
En una habitación carente de cualquier respirar
Mi mirada es desvaída, la agitación se acrecenta
Y un frío sudor recorre este cuerpo tembloroso
Mientras, entre jadeos, me pierdo en el pensar
Sin palabra, sin rima, sin luz
Sólo el rebotar entre tambaleos
La caída del llanto
Y un aullido atraviesa el aire
Pidiendo, por favor
Un poco de tranquilidad en este mar de caos
En una habitación carente de cualquier respirar
Mi mirada es desvaída, la agitación se acrecenta
Y un frío sudor recorre este cuerpo tembloroso
Mientras, entre jadeos, me pierdo en el pensar
Sin palabra, sin rima, sin luz
Sólo el rebotar entre tambaleos
La caída del llanto
Y un aullido atraviesa el aire
Pidiendo, por favor
Un poco de tranquilidad en este mar de caos
lunes, 1 de octubre de 2012
Dame
Me ahogo en tus silencios y me someto a tu mirada, que derrama su juicio sobre mi humildad temerosa y concede mínimas cuotas de sentimiento para que yo me aferre a esa luz velada.
Yaces en el cielo que me impongo como brillo, sin saber que vives ahí arriba, aún escuchando mis cantos que ensalzan, que gritan, y lloran, y ruegan, pidiendo tu respuesta.
No estoy vivo en el tímido frío donde me escondo, me vuelvo diminuto dentro de este valle oscuro, separado de ti por la imponente montaña que divide mi alma deseosa de tus ojos.
Mi rostro persigue la ascensión donde duermes, extiendo mis manos para alcanzarte en tu morada, buscando que mires hacia abajo a este hombre-niño, con la necesidad de un poco de tierra entre todas tus nubes.
Entonces dame cada una de tus estrellas, también tu piel que alimenta mi cuerpo, desciende a la montaña y permíteme subir hasta ti, para caer en un estallido de ser.
Yaces en el cielo que me impongo como brillo, sin saber que vives ahí arriba, aún escuchando mis cantos que ensalzan, que gritan, y lloran, y ruegan, pidiendo tu respuesta.
No estoy vivo en el tímido frío donde me escondo, me vuelvo diminuto dentro de este valle oscuro, separado de ti por la imponente montaña que divide mi alma deseosa de tus ojos.
Mi rostro persigue la ascensión donde duermes, extiendo mis manos para alcanzarte en tu morada, buscando que mires hacia abajo a este hombre-niño, con la necesidad de un poco de tierra entre todas tus nubes.
Entonces dame cada una de tus estrellas, también tu piel que alimenta mi cuerpo, desciende a la montaña y permíteme subir hasta ti, para caer en un estallido de ser.
viernes, 14 de septiembre de 2012
El hombre moral
Mientras el sol asomaba tímidamente, los duros edificios imponían un temprano Buenos Aires, que rociaba el aire con su apagado frío matinal. Unos pájaros silbaban a la vez que eran imitados por algunas personas, las pocas despiertas a esas horas inciertas. La gente dormía, los que silban son siempre repartidores de diarios, borrachos, los otros. El silencio daba lugar a la luz, los cantos al sonido reconfortante del noticiero, que anunciaba que eran las siete y cuatro de la mañana (horario normal para despertarse), que había dos grados de mínima, pero que no iba a llover.
Para la parte de deportes y espectáculo, Sebastián ya se limitaba a escuchar un murmullo que le recordaba lo solo que estaba, y al mismo tiempo le hacía compañía. De todos modos, pensamientos como éste ocurrían a un nivel subconsciente, si bien recurrentes, no parecían turbar mucho a Sebastián. Prefería usar su tiempo en trabajar, y en leer el diario en cafés porteños, en lugar de ponerse a analizar algo que él no creía existente.
Se lavó la cara, desayunó sus tostadas con mermelada, prestando atención al ruido que hacía cada vez que masticaba, y se quedó mirando la televisión, como perdido, hasta que se dio cuenta que había estado ignorando una noticia importante. Temperatura mínima dos grados, lo mejor será abrigarse, pensó.
Apagó el televisor, el breve momento de distracción había terminado. Se puso su traje y se calzó los zapatos. Se dispuso a abrir la puerta. Un momento, pensó. Volvió al comedor a agarrar una bufanda. Sonrió ligeramente por saberse prevenido contra frío.
Al salir, Sebastián escuchó a los pájaros que seguían cantando, sin personas que los imitaran. Hacía mucho frío. La bufanda no había cambiado mucho. Miró caras conocidas del barrio, no lo saludaron porque conocían la personalidad tímida de Sebastián, y la respetaban. Con la mirada fija al piso, llegó a la boca del subte, donde se prolongaba el abajo, y sus ojos se cuidaban de hacer coordinar los pies entre los escalones. Incluso hallaba esto divertido, poder fijar su mente en algo. Pagó un boleto, cruzó el molinete y se metió en el rejunte de olores e indiferencia. Ahora hacía calor. Se entretuvo leyendo las propagandas. Estaban arriba en los costados, y la forma en que Sebastián inclinaba la cabeza lo hacía ver de un modo un tanto ridículo. Miró interesado un anuncio de pelucas. Ya llegando a los cuarenta, se le había empezado a caer el pelo. Recordó haber mirado la misma publicidad una semana atrás. Después de un rato, fijó su atención en un punto, esforzándose por no mirar a nadie.
Su trabajo era rutinario y no demandaba mucho. Se encargaba del papeleo en un juzgado. Bien podría estar llenando papeles de cualquier otra cosa, eso se le había ocurrido un día sin mucho que hacer. Nunca más pensó en eso.
Era eficiente. Nada extraordinario, pero cumplía lo que le pedían, y se cuidaba mucho de no equivocarse. Le molestaba un poco que su jefe, el señor Martínez, fuera más joven que él. También le molestaba que Eva, la secretaria del señor Martínez coqueteara con él, dirigiéndose con una risita adolescente que insinuaba pero nunca revelaba del todo. A Sebastián sólo le daba miradas cortantes, en una ocasión se rio de un chiste que hizo respecto a su jefe. Fue la única ocasión, Sebastián tiene memoria para estas cosas y recordaría si hubiera habido otra.
La hora del almuerzo la pasaba en el café de la esquina, "Los Amigos", donde siempre se pedía un tostado y un café, y se veía, justamente, con su amigo Carlos, conocido de hace muchos años. El dueño del bar, Daniel, también le resultaba agradable. Se podía decir que "Los Amigos" era uno de sus lugares favoritos, y con un nombre bastante acertado.
Al volver al juzgado, Sebastián se encontraba con que el señor Martínez traía a sus amigos, fingiendo estar trabajando pero en realidad charlando. Eran dos, un monigote de voz aguda e irritante, el Tano, le decían. El otro era Losso, tipo enorme que parecía un ropero. Este personaje lo intimidaba a la vez que le generaba repulsión. Sebastián se sentía superior, pero permitía las burlas que le hacían Martínez y sus amigotes, que lo veían como un tipo aburrido, escuálido, y sin éxito con las mujeres.
En el subte de vuelta a su casa, pensó en ese viaje, que era la repetición del primero. Pensó en el almuerzo, que era la repetición del desayuno, y en volver al juzgado, repetición de la primera vez que entró. Este tipo de ideas lo recorrían constantemente, pero no pasaban de palabras superfluas que decoraban su existencia. Para el momento en que quería profundizar, ya lo abrumaba el mundo. En este caso, el mundo era el noticiero de la tarde que sonaba en su casa, otra repetición que hablaba de las atrocidades cometidas en las calles. Las noticias no servían mucho a Sebastián, quien no salía casi a ningún lado. Obviamente esto no lo pensó. Entre un nuevo secuestro en Castelar y una propaganda de detergente se quedó dormido. Nada fuera de lo común, generalmente despertaba para la novela, que indicaba la hora de cenar.
Se preparó unos fideos con tuco y queso. Pastas, simples pero cumple. Un poco como yo, y se sintió avergonzado de compararse con un plato de fideos. Se puso a ver la novela, la había enganchado hacía poco, pero desde cualquier capítulo se podía deducir el resto de la trama.
Desvíado de la televisión, se empezó a concentrar en un detalle que, al parecer, había pasado por alto. Sobre el sillón reposaba su portafolios, el que llevaba al trabajo. El minúsculo detalle consistía en que el portafolios parecía estar abierto. A los ojos de Sebastián, sin embargo, ésta no era una cuestión menor, ya que estaba seguro de haberlo cerrado, como hacía todos los días al llegar del juzgado, y si estaba abierto, sólo se podía explicar con que alguien más la había abierto. Alguien aprovechó un letargo para entrar en su casa y abrir el portafolios y pasearse a sus anchas.
Como es lógico, lo primero que hizo Sebastián, luego de haber salido de su sorpresa fue ir y revisar el portafolios, para asegurarse que todo estuviera en su lugar. Lo que descubriría apenas la abriera constituiría un acontecimiento clave en la vida de Sebastián, central en este relato.
Brillantes, como observándolo, se encontraban cientos de billetes, una cantidad pocas veces vista, sólo en ofertas de hombres millonarios en alguna película. Estaban desparramados, desordenados. Sebastián los contó; había suficiente dinero para que se retirase ese mismo día y no tuviera que trabajar ninguno más.
Yacía sentado en el piso de su departamento, apilando los billetes de forma automática, con la cabeza repleta de preguntas. ¿Cómo habían llegado hasta ahí? ¿Era real lo que veía, o una ilusión? ¿Acaso serían billetes falsos? Los interrogantes no tenían fin, ni tampoco respuesta.
Contempló la pila de dinero con extrañeza, como si no pudiera pertenecer al mismo grado de realidad que él. Empezó a dilucidar el misterio, encontraría luego que sin éxito alguno. Primero se le ocurrió que podría ser consecuencia de una equivocación; habría tomado por error el portafolios de algún mafioso corrupto del juzgado. La hipótesis se derrumbaba con una inspección del contenido del portafolios. Aparte del dinero, adentro estaban sus papeles. El portafolios era suyo. Ya lo sabía. Había construido la idea por mera formalidad.
Que alguien lo hubiera puesto ahí. Su suposición inicial. Mientras dormitaba, alguien desconocido se había escabullido a su departamento para dejarle ese dinero, por razones también desconocidas. Sebastián se dedicó a revisar exhaustivamente su hogar, para hallar que todo seguía exactamente igual que antes de haberse quedado dormido. No había señales de que la puerta hubiera sido forzada, ninguna huella tampoco. La idea de que alguien le hiciera semejante regalo, pretendiendo permanecer en el anonimato, se hacía inverosímil. Pero aunque hubiera una remota posibilidad, Sebastián debía investigar a fondo hasta encontrar a este donante misterioso, pues no se permitiría recibir un regalo tan grande. Por un lado, no se sentía digno, y al mismo tiempo, no quería la lástima de nadie. Era imperativo devolver el dinero. Este pensamiento lo carcomía. Jamás se le pasó por la cabeza gastarlo en vacaciones o en mudarse a un departamento más amplio. Podría incluso comprarse todos los libros de derecho que siempre quiso, y no tendría que seguir soportando al señor Martínez. Pero no pensaba estas cosas. El único momento en el que pensó en el señor Martínez fue al hacer su tercera hipótesis, que más bien era una variante de la segunda. Se le ocurrió que si nadie había invadido su casa, entonces el dinero había estado en el portafolios desde que Sebastián se encontraba en la calle, o incluso antes. Esto le pareció extraño, ya que no recordaba haber visto el dinero al llegar a su casa y abrir el portafolios para revisar documentos de trabajo, como hacía todos los días. Pero en esta ocasión decidió no confiar tanto en su memoria, así que prosiguió con su teoría, que señaló como sospechosos a los cuatro individuos del juzgado . El señor Martínez, con su sonrisa maliciosa, que buscaba constantemente la desgracia ajena. Sus secuaces, el Tano escurridizo y el obtuso de Losso. Y, por supuesto, Eva, tan bella y traicionera, tan mujer. No se permitió acusar a Carlos ni a Daniel, sus amigos del bar, pues ellos nunca se atreverían a causarle un mal tan grande -la responsabilidad del dinero- que representaba una culpa enorme y una decisión muy pesada para su consciencia. Era obra de un genio del mal. Si no trabajara con seres malvados, su siguiente teoría iría a estar relacionada con algún ente sobrenatural. Por suerte, la tercera hipótesis encajaba, sólo le restaba descubrir cuál de los cuatro había sido.
Del Tano no desconfió mucho; era un hombrecito pequeño y débil, en algunos sentidos como él, Sebastián, el plato de fideos. Losso era muy imbécil como para poder fraguar un plan así. Estos dos huecos se llenaban con ambos secuaces uniendo fuerzas; el Tano el cerebro y Losso la estúpida marioneta. Antes de sospechar de un plan en conjunto prefirió seguir analizando a cada uno individualmente, para pasar de lo simple a lo complejo.
Continuó y pensó en Eva, pero la descartó rápidamente. Sus batallas ocurrían en el terreno del amor y la sensualidad, ajeno completamente a Sebastián. Ella no tendría manera de llegar a él por otros medios distintos de ésos.
Finalmente, su dedo señaló al vil hombre que, según Sebastián, hacía su vida miserable. El señor Martínez disponía de las malas intenciones y del cinismo para efectuar ese plan. Meter un montón de dinero en el portafolios de Sebastián, sin que éste lo notara, para atormentarlo. Pues, lo había logrado.
Pasó la noche entera al lado los billetes, hasta que salió el sol y se hizo hora de ir a trabajar. Salió sin desayunar, sin ver el noticiero, se dirigió como una bala al subte, pensando en el señor Martínez y rechinando los dientes. Lo voy a agarrar, se dijo. Cuando me vea no podrá evitar reírse, y ahí lo voy a desenmascarar. Luego en el subte comenzó a fantasear con Martínez siendo despedido y con él acostándose con Eva en el escritorio del ex-jefe.
El subte estaba especialmente sombrío ese día, y ahí su sonrisa se fue reduciendo a medida que la idea se le venía a la cabeza. Llegó al juzgado, Eva reía por los comentarios vanidosos de Martínez, que hablaba altivo y sorbía su café. Sebastián sostenía el portafolios con firmeza. Lo miró fijo a su jefe. No obtuvo la reacción que esperaba. Estás pálido, le dijo Martínez. Y mirá tus ojeras, ¿estás bien?. Sebastián sostenía el portafolios tan fuerte, con el puño apretado, que empezó a temblar. También le rechinaban los dientes y no dejaba de mirar fijo a Martínez, el maldito Martínez, y a Eva, la puta de Eva.
Pasaron unos segundos, que la tensión multiplicaba en apariencia. Después de un rato, Sebastián cedió al forcejeo que ocurría en su interior. Agachó la cabeza y hundió los hombros, más que de costumbre, y contentó al señor Martínez. Sí, estoy bien. Su jefe y Eva se le quedaron mirando, y Martínez le concedió un 'bueno'.
La mañana de trabajo transcurrió con normalidad. Llegó la hora del almuerzo, y Sebastián salió caminando maquinalmente hacia el bar "Los Amigos". Carlos estaba parado en la puerta esperándolo. Notó cierta turbación en su semblante y un andar desganado. Le preguntó si se encontraba bien, pero no respondía. Miraba al frente, como si hubiera sido despojado de su razón, y siguió caminando más allá del mar, aparentemente sin notarlo. Carlos decidió ignorarlo, pensando que había tenido un mal día, y conociendo el carácter extraño y reservado de Sebastián se le ocurrió que simplemente necesitaría su espacio.
Cuando hubo llegado a la avenida divisó la boca del subte y se metió acelerando un poco el paso. Atravesó el molinete y se paró en el andén. Dejó pasar unos cuatro o cinco subtes. Sus ojos quietos no miraban a ningún lugar. Pero con la llegada del siguiente subte sucedió la última repetición de la vida de Sebastián. La idea que había tenido durante el viaje de ida, esta vez hecha acto.
Para la parte de deportes y espectáculo, Sebastián ya se limitaba a escuchar un murmullo que le recordaba lo solo que estaba, y al mismo tiempo le hacía compañía. De todos modos, pensamientos como éste ocurrían a un nivel subconsciente, si bien recurrentes, no parecían turbar mucho a Sebastián. Prefería usar su tiempo en trabajar, y en leer el diario en cafés porteños, en lugar de ponerse a analizar algo que él no creía existente.
Se lavó la cara, desayunó sus tostadas con mermelada, prestando atención al ruido que hacía cada vez que masticaba, y se quedó mirando la televisión, como perdido, hasta que se dio cuenta que había estado ignorando una noticia importante. Temperatura mínima dos grados, lo mejor será abrigarse, pensó.
Apagó el televisor, el breve momento de distracción había terminado. Se puso su traje y se calzó los zapatos. Se dispuso a abrir la puerta. Un momento, pensó. Volvió al comedor a agarrar una bufanda. Sonrió ligeramente por saberse prevenido contra frío.
Al salir, Sebastián escuchó a los pájaros que seguían cantando, sin personas que los imitaran. Hacía mucho frío. La bufanda no había cambiado mucho. Miró caras conocidas del barrio, no lo saludaron porque conocían la personalidad tímida de Sebastián, y la respetaban. Con la mirada fija al piso, llegó a la boca del subte, donde se prolongaba el abajo, y sus ojos se cuidaban de hacer coordinar los pies entre los escalones. Incluso hallaba esto divertido, poder fijar su mente en algo. Pagó un boleto, cruzó el molinete y se metió en el rejunte de olores e indiferencia. Ahora hacía calor. Se entretuvo leyendo las propagandas. Estaban arriba en los costados, y la forma en que Sebastián inclinaba la cabeza lo hacía ver de un modo un tanto ridículo. Miró interesado un anuncio de pelucas. Ya llegando a los cuarenta, se le había empezado a caer el pelo. Recordó haber mirado la misma publicidad una semana atrás. Después de un rato, fijó su atención en un punto, esforzándose por no mirar a nadie.
Su trabajo era rutinario y no demandaba mucho. Se encargaba del papeleo en un juzgado. Bien podría estar llenando papeles de cualquier otra cosa, eso se le había ocurrido un día sin mucho que hacer. Nunca más pensó en eso.
Era eficiente. Nada extraordinario, pero cumplía lo que le pedían, y se cuidaba mucho de no equivocarse. Le molestaba un poco que su jefe, el señor Martínez, fuera más joven que él. También le molestaba que Eva, la secretaria del señor Martínez coqueteara con él, dirigiéndose con una risita adolescente que insinuaba pero nunca revelaba del todo. A Sebastián sólo le daba miradas cortantes, en una ocasión se rio de un chiste que hizo respecto a su jefe. Fue la única ocasión, Sebastián tiene memoria para estas cosas y recordaría si hubiera habido otra.
La hora del almuerzo la pasaba en el café de la esquina, "Los Amigos", donde siempre se pedía un tostado y un café, y se veía, justamente, con su amigo Carlos, conocido de hace muchos años. El dueño del bar, Daniel, también le resultaba agradable. Se podía decir que "Los Amigos" era uno de sus lugares favoritos, y con un nombre bastante acertado.
Al volver al juzgado, Sebastián se encontraba con que el señor Martínez traía a sus amigos, fingiendo estar trabajando pero en realidad charlando. Eran dos, un monigote de voz aguda e irritante, el Tano, le decían. El otro era Losso, tipo enorme que parecía un ropero. Este personaje lo intimidaba a la vez que le generaba repulsión. Sebastián se sentía superior, pero permitía las burlas que le hacían Martínez y sus amigotes, que lo veían como un tipo aburrido, escuálido, y sin éxito con las mujeres.
En el subte de vuelta a su casa, pensó en ese viaje, que era la repetición del primero. Pensó en el almuerzo, que era la repetición del desayuno, y en volver al juzgado, repetición de la primera vez que entró. Este tipo de ideas lo recorrían constantemente, pero no pasaban de palabras superfluas que decoraban su existencia. Para el momento en que quería profundizar, ya lo abrumaba el mundo. En este caso, el mundo era el noticiero de la tarde que sonaba en su casa, otra repetición que hablaba de las atrocidades cometidas en las calles. Las noticias no servían mucho a Sebastián, quien no salía casi a ningún lado. Obviamente esto no lo pensó. Entre un nuevo secuestro en Castelar y una propaganda de detergente se quedó dormido. Nada fuera de lo común, generalmente despertaba para la novela, que indicaba la hora de cenar.
Se preparó unos fideos con tuco y queso. Pastas, simples pero cumple. Un poco como yo, y se sintió avergonzado de compararse con un plato de fideos. Se puso a ver la novela, la había enganchado hacía poco, pero desde cualquier capítulo se podía deducir el resto de la trama.
Desvíado de la televisión, se empezó a concentrar en un detalle que, al parecer, había pasado por alto. Sobre el sillón reposaba su portafolios, el que llevaba al trabajo. El minúsculo detalle consistía en que el portafolios parecía estar abierto. A los ojos de Sebastián, sin embargo, ésta no era una cuestión menor, ya que estaba seguro de haberlo cerrado, como hacía todos los días al llegar del juzgado, y si estaba abierto, sólo se podía explicar con que alguien más la había abierto. Alguien aprovechó un letargo para entrar en su casa y abrir el portafolios y pasearse a sus anchas.
Como es lógico, lo primero que hizo Sebastián, luego de haber salido de su sorpresa fue ir y revisar el portafolios, para asegurarse que todo estuviera en su lugar. Lo que descubriría apenas la abriera constituiría un acontecimiento clave en la vida de Sebastián, central en este relato.
Brillantes, como observándolo, se encontraban cientos de billetes, una cantidad pocas veces vista, sólo en ofertas de hombres millonarios en alguna película. Estaban desparramados, desordenados. Sebastián los contó; había suficiente dinero para que se retirase ese mismo día y no tuviera que trabajar ninguno más.
Yacía sentado en el piso de su departamento, apilando los billetes de forma automática, con la cabeza repleta de preguntas. ¿Cómo habían llegado hasta ahí? ¿Era real lo que veía, o una ilusión? ¿Acaso serían billetes falsos? Los interrogantes no tenían fin, ni tampoco respuesta.
Contempló la pila de dinero con extrañeza, como si no pudiera pertenecer al mismo grado de realidad que él. Empezó a dilucidar el misterio, encontraría luego que sin éxito alguno. Primero se le ocurrió que podría ser consecuencia de una equivocación; habría tomado por error el portafolios de algún mafioso corrupto del juzgado. La hipótesis se derrumbaba con una inspección del contenido del portafolios. Aparte del dinero, adentro estaban sus papeles. El portafolios era suyo. Ya lo sabía. Había construido la idea por mera formalidad.
Que alguien lo hubiera puesto ahí. Su suposición inicial. Mientras dormitaba, alguien desconocido se había escabullido a su departamento para dejarle ese dinero, por razones también desconocidas. Sebastián se dedicó a revisar exhaustivamente su hogar, para hallar que todo seguía exactamente igual que antes de haberse quedado dormido. No había señales de que la puerta hubiera sido forzada, ninguna huella tampoco. La idea de que alguien le hiciera semejante regalo, pretendiendo permanecer en el anonimato, se hacía inverosímil. Pero aunque hubiera una remota posibilidad, Sebastián debía investigar a fondo hasta encontrar a este donante misterioso, pues no se permitiría recibir un regalo tan grande. Por un lado, no se sentía digno, y al mismo tiempo, no quería la lástima de nadie. Era imperativo devolver el dinero. Este pensamiento lo carcomía. Jamás se le pasó por la cabeza gastarlo en vacaciones o en mudarse a un departamento más amplio. Podría incluso comprarse todos los libros de derecho que siempre quiso, y no tendría que seguir soportando al señor Martínez. Pero no pensaba estas cosas. El único momento en el que pensó en el señor Martínez fue al hacer su tercera hipótesis, que más bien era una variante de la segunda. Se le ocurrió que si nadie había invadido su casa, entonces el dinero había estado en el portafolios desde que Sebastián se encontraba en la calle, o incluso antes. Esto le pareció extraño, ya que no recordaba haber visto el dinero al llegar a su casa y abrir el portafolios para revisar documentos de trabajo, como hacía todos los días. Pero en esta ocasión decidió no confiar tanto en su memoria, así que prosiguió con su teoría, que señaló como sospechosos a los cuatro individuos del juzgado . El señor Martínez, con su sonrisa maliciosa, que buscaba constantemente la desgracia ajena. Sus secuaces, el Tano escurridizo y el obtuso de Losso. Y, por supuesto, Eva, tan bella y traicionera, tan mujer. No se permitió acusar a Carlos ni a Daniel, sus amigos del bar, pues ellos nunca se atreverían a causarle un mal tan grande -la responsabilidad del dinero- que representaba una culpa enorme y una decisión muy pesada para su consciencia. Era obra de un genio del mal. Si no trabajara con seres malvados, su siguiente teoría iría a estar relacionada con algún ente sobrenatural. Por suerte, la tercera hipótesis encajaba, sólo le restaba descubrir cuál de los cuatro había sido.
Del Tano no desconfió mucho; era un hombrecito pequeño y débil, en algunos sentidos como él, Sebastián, el plato de fideos. Losso era muy imbécil como para poder fraguar un plan así. Estos dos huecos se llenaban con ambos secuaces uniendo fuerzas; el Tano el cerebro y Losso la estúpida marioneta. Antes de sospechar de un plan en conjunto prefirió seguir analizando a cada uno individualmente, para pasar de lo simple a lo complejo.
Continuó y pensó en Eva, pero la descartó rápidamente. Sus batallas ocurrían en el terreno del amor y la sensualidad, ajeno completamente a Sebastián. Ella no tendría manera de llegar a él por otros medios distintos de ésos.
Finalmente, su dedo señaló al vil hombre que, según Sebastián, hacía su vida miserable. El señor Martínez disponía de las malas intenciones y del cinismo para efectuar ese plan. Meter un montón de dinero en el portafolios de Sebastián, sin que éste lo notara, para atormentarlo. Pues, lo había logrado.
Pasó la noche entera al lado los billetes, hasta que salió el sol y se hizo hora de ir a trabajar. Salió sin desayunar, sin ver el noticiero, se dirigió como una bala al subte, pensando en el señor Martínez y rechinando los dientes. Lo voy a agarrar, se dijo. Cuando me vea no podrá evitar reírse, y ahí lo voy a desenmascarar. Luego en el subte comenzó a fantasear con Martínez siendo despedido y con él acostándose con Eva en el escritorio del ex-jefe.
El subte estaba especialmente sombrío ese día, y ahí su sonrisa se fue reduciendo a medida que la idea se le venía a la cabeza. Llegó al juzgado, Eva reía por los comentarios vanidosos de Martínez, que hablaba altivo y sorbía su café. Sebastián sostenía el portafolios con firmeza. Lo miró fijo a su jefe. No obtuvo la reacción que esperaba. Estás pálido, le dijo Martínez. Y mirá tus ojeras, ¿estás bien?. Sebastián sostenía el portafolios tan fuerte, con el puño apretado, que empezó a temblar. También le rechinaban los dientes y no dejaba de mirar fijo a Martínez, el maldito Martínez, y a Eva, la puta de Eva.
Pasaron unos segundos, que la tensión multiplicaba en apariencia. Después de un rato, Sebastián cedió al forcejeo que ocurría en su interior. Agachó la cabeza y hundió los hombros, más que de costumbre, y contentó al señor Martínez. Sí, estoy bien. Su jefe y Eva se le quedaron mirando, y Martínez le concedió un 'bueno'.
La mañana de trabajo transcurrió con normalidad. Llegó la hora del almuerzo, y Sebastián salió caminando maquinalmente hacia el bar "Los Amigos". Carlos estaba parado en la puerta esperándolo. Notó cierta turbación en su semblante y un andar desganado. Le preguntó si se encontraba bien, pero no respondía. Miraba al frente, como si hubiera sido despojado de su razón, y siguió caminando más allá del mar, aparentemente sin notarlo. Carlos decidió ignorarlo, pensando que había tenido un mal día, y conociendo el carácter extraño y reservado de Sebastián se le ocurrió que simplemente necesitaría su espacio.
Cuando hubo llegado a la avenida divisó la boca del subte y se metió acelerando un poco el paso. Atravesó el molinete y se paró en el andén. Dejó pasar unos cuatro o cinco subtes. Sus ojos quietos no miraban a ningún lugar. Pero con la llegada del siguiente subte sucedió la última repetición de la vida de Sebastián. La idea que había tenido durante el viaje de ida, esta vez hecha acto.
miércoles, 22 de agosto de 2012
La anciana en la ventana
Cuando camino por la calle, suelo notar en la ventana de algún departamento a una anciana parada, quieta, mirando hacia afuera. He visto esto varias veces y en distintas calles, pero hay una en particular que me ha llamado la atención más que las otras. Se trata de una mujer mayor que vive a unas cuadras de mi casa, razón por la cual la veo frecuentemente, ya que debo pasar por ahí para llegar a la avenida si quiero tomarme un colectivo, o pasear.
Hoy tenía que ir a un sitio, la parada del colectivo que me llevaba estaba en la avenida, por lo que tuve que pasar al lado de ese departamento, recibiendo la mirada de la mujer. Seguí mi trayecto con cierta turbación en el rostro (no importa cuántas veces pase esto, siempre me genera incomodidad) y me puse a pensar en lo triste que debía ser la vida en el punto en que lo mejor, o lo único, que se puede hacer es mirar gente y autos yendo a algún lugar.
Dada mi naturaleza curiosa e infantil, empecé a fantasear sobre este singular hecho, y se me ocurrió la posibilidad de que la señora no lo fuera realmente, sino una réplica en cartón, puesta ahí por una persona con deseos de divertirse asustando transeúntes. O tal vez habían sido colocadas ahí inspiradas bajo una intención noble; que cada uno que pasara por esa ventana pudiera ver, y así recordar, a la difunta anciana. Las ideas bromas y altares se disiparon rápidamente ante el recuerdo de la figura moviéndose, por lo que no podía ser un simple contorno de cartón de tamaño natural. Intenté, pero mi imaginación no llegaba tan lejos hasta dar con una solución que siguiera justificando mi hipótesis, por lo que descarté esta ocurrencia, y asumí que lo que veía era una persona de carne y hueso. Tomé nota en mi cabeza de algún día efectuar una broma, poner en una ventana que diera a la calle una figura humana de cartón, y ver las reacciones de la gente.
A esta altura ya me había subido al colectivo y, como estaba vacío, no ocuparon mi mente los típicos pensamientos de transporte lleno (dónde ubicarse estratégicamente para conseguir un asiento, usar la estadística, ver si alguien hace un gesto o una mirada como si se fuera a bajar). No, yo seguía pensando en la anciana. "Quizás encuentre entretenido asustar gente con su mirada fija, o quiera que jóvenes que dedican mucho tiempo a pensar en cosas inútiles se pregunten qué hace ahí", me decía a mí mismo. "Quizás esté mirando el bingo que hay enfrente, y no pueda ir más porque le prohibieron la entrada por arrancarle los pelos a otra anciana, consecuencia de una disputa", divertido, pero poco probable. "Quizás esté loca, o simplemente le guste mucho mirar por la ventana".
Al terminar el día, volvía a mi casa, ya con la cabeza pendiente de otras cosas que no vienen al caso, cuando pasé de nuevo por esa calle. Como todos los días, vi esa cara arrugada y silenciosa, vi esos ojos que me escrutaban sin decirme nada. Pasé las siguientes cuadras debatiéndome si llevar a cabo o no la idea que se me había ocurrido, para saciar mi curiosidad y dar fin a este tema, para así poder dormir tranquilo y centrarme en otras cosas, como encontrar una forma para evitar que el carnicero me moleste con su "¿Algo más?" cuando sabe que no voy a llevar nada más que lo de siempre. La solución consistía en ir a la ventana, saludar a la señora, y preguntar la pregunta. Claro que para eso había que superar la vergüenza de hablar con otro ser humano, y soportar la mirada de la gente, la de la anciana, y la que más pesa: la invisible mirada que me dice que estoy loco.
Estaba a punto de abrir la puerta del edificio cuando me di media vuelta y comencé a dirigirme con decisión firme a aquella casa, movido por una pequeña lucidez que me picaba con la pregunta "Ey, pero....¿Qué es lo peor que puede pasar?". Mientras caminaba experimentaba los nervios comunes, la sensación en la panza, el tartamudeo en el pecho que anticipaba a las palabras posiblemente tartamudeadas a la hora de hablar.
Ahí estaba. Quieto, frente a ella, dos lunáticos que se observaban separados por un vidrio. Esbocé una sonrisa que reveló mi cara de tonto, y di dos golpecitos suaves a la ventana. La mujer, que de repente mostró un semblante preocupado, se aseguró de que la ventana estuviera bien cerrada. Como apurada bajó una persiana. Se siguieron escuchando ruidos que sonaban a más medidas preventivas, ya excesivas a mi parecer. También sonaron unos leves gritos agitados e imperceptibles.
No sé si alguien había llegado a contemplar la escena, supongo que habrá sido muy extraña y algo graciosa desde afuera. Volví a mi casa fingiendo que nada había pasado y que yo era una persona normal. Lo más triste de todo es que nunca vi de nuevo a la mujer. Espero no haberle quitado una de sus distracciones, o haberla matado de un infarto.
Hoy tenía que ir a un sitio, la parada del colectivo que me llevaba estaba en la avenida, por lo que tuve que pasar al lado de ese departamento, recibiendo la mirada de la mujer. Seguí mi trayecto con cierta turbación en el rostro (no importa cuántas veces pase esto, siempre me genera incomodidad) y me puse a pensar en lo triste que debía ser la vida en el punto en que lo mejor, o lo único, que se puede hacer es mirar gente y autos yendo a algún lugar.
Dada mi naturaleza curiosa e infantil, empecé a fantasear sobre este singular hecho, y se me ocurrió la posibilidad de que la señora no lo fuera realmente, sino una réplica en cartón, puesta ahí por una persona con deseos de divertirse asustando transeúntes. O tal vez habían sido colocadas ahí inspiradas bajo una intención noble; que cada uno que pasara por esa ventana pudiera ver, y así recordar, a la difunta anciana. Las ideas bromas y altares se disiparon rápidamente ante el recuerdo de la figura moviéndose, por lo que no podía ser un simple contorno de cartón de tamaño natural. Intenté, pero mi imaginación no llegaba tan lejos hasta dar con una solución que siguiera justificando mi hipótesis, por lo que descarté esta ocurrencia, y asumí que lo que veía era una persona de carne y hueso. Tomé nota en mi cabeza de algún día efectuar una broma, poner en una ventana que diera a la calle una figura humana de cartón, y ver las reacciones de la gente.
A esta altura ya me había subido al colectivo y, como estaba vacío, no ocuparon mi mente los típicos pensamientos de transporte lleno (dónde ubicarse estratégicamente para conseguir un asiento, usar la estadística, ver si alguien hace un gesto o una mirada como si se fuera a bajar). No, yo seguía pensando en la anciana. "Quizás encuentre entretenido asustar gente con su mirada fija, o quiera que jóvenes que dedican mucho tiempo a pensar en cosas inútiles se pregunten qué hace ahí", me decía a mí mismo. "Quizás esté mirando el bingo que hay enfrente, y no pueda ir más porque le prohibieron la entrada por arrancarle los pelos a otra anciana, consecuencia de una disputa", divertido, pero poco probable. "Quizás esté loca, o simplemente le guste mucho mirar por la ventana".
Al terminar el día, volvía a mi casa, ya con la cabeza pendiente de otras cosas que no vienen al caso, cuando pasé de nuevo por esa calle. Como todos los días, vi esa cara arrugada y silenciosa, vi esos ojos que me escrutaban sin decirme nada. Pasé las siguientes cuadras debatiéndome si llevar a cabo o no la idea que se me había ocurrido, para saciar mi curiosidad y dar fin a este tema, para así poder dormir tranquilo y centrarme en otras cosas, como encontrar una forma para evitar que el carnicero me moleste con su "¿Algo más?" cuando sabe que no voy a llevar nada más que lo de siempre. La solución consistía en ir a la ventana, saludar a la señora, y preguntar la pregunta. Claro que para eso había que superar la vergüenza de hablar con otro ser humano, y soportar la mirada de la gente, la de la anciana, y la que más pesa: la invisible mirada que me dice que estoy loco.
Estaba a punto de abrir la puerta del edificio cuando me di media vuelta y comencé a dirigirme con decisión firme a aquella casa, movido por una pequeña lucidez que me picaba con la pregunta "Ey, pero....¿Qué es lo peor que puede pasar?". Mientras caminaba experimentaba los nervios comunes, la sensación en la panza, el tartamudeo en el pecho que anticipaba a las palabras posiblemente tartamudeadas a la hora de hablar.
Ahí estaba. Quieto, frente a ella, dos lunáticos que se observaban separados por un vidrio. Esbocé una sonrisa que reveló mi cara de tonto, y di dos golpecitos suaves a la ventana. La mujer, que de repente mostró un semblante preocupado, se aseguró de que la ventana estuviera bien cerrada. Como apurada bajó una persiana. Se siguieron escuchando ruidos que sonaban a más medidas preventivas, ya excesivas a mi parecer. También sonaron unos leves gritos agitados e imperceptibles.
No sé si alguien había llegado a contemplar la escena, supongo que habrá sido muy extraña y algo graciosa desde afuera. Volví a mi casa fingiendo que nada había pasado y que yo era una persona normal. Lo más triste de todo es que nunca vi de nuevo a la mujer. Espero no haberle quitado una de sus distracciones, o haberla matado de un infarto.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Yo.
Vaya donde vaya, en cada rincón estoy yo; en los libros, en
los pensamientos de mi cabeza, en tu imagen. Busco desesperadamente
perderme, por eso grito y huyo, hablo y amo, porque espero que al
tantear en esta oscuridad pueda aferrarme de algo que no provenga de mi
cuerpo. Si no, estoy desconsoladamente solo, ocupando cada espacio vacío,
tomando las múltiples formas que mi imaginación se representa. Entonces
miro tus ojos que me miran, escucho tus palabras que me hablan, y te
contesto. Me apropio de tu mensaje, de tus ideas, de tu ser entero, y
así desapareces en mí.
Ay, maldito Otro, ¿Acaso no puedes existir? Eres tan débil que te me entregas, y mi hambre no resiste a tan apetitosa oferta. Así te devoro, te asesino para poder absorberte, y te vuelvo a perseguir en otra imagen, falsa imagen, falso Otro que cuando lo nombro soy yo, y yo quiero morir. Te pido que seas luz y compañía, te pido que existas claramente para mí, te pido que me convenzas. Y si no puedes hacer esto, te pido que aunque sea me mates.
Ay, maldito Otro, ¿Acaso no puedes existir? Eres tan débil que te me entregas, y mi hambre no resiste a tan apetitosa oferta. Así te devoro, te asesino para poder absorberte, y te vuelvo a perseguir en otra imagen, falsa imagen, falso Otro que cuando lo nombro soy yo, y yo quiero morir. Te pido que seas luz y compañía, te pido que existas claramente para mí, te pido que me convenzas. Y si no puedes hacer esto, te pido que aunque sea me mates.
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